lunes, 25 de mayo de 2015

UNA PUERTA DE SALIDA.

                   UNA PUERTA DE SALIDA


Habían pasado ya cuatro horas desde que salió de su domicilio, y se encontraba caminando por el parque el Olivar, recién se percató del tiempo, porque al divisar las bancas sintió  que estaba un poco agotado y las piernas le habían empezado a doler. Es curioso, pensaba, pero cuando uno va caminando y pensando en los problemas que lo aquejan no siente el cansancio ni los dolores, solo tiene la mente puesta en esos problemas, hasta poder encontrar una salida. El Olivar de San Isidro, es un parque muy hermoso y muy apacible, el silencio que allí habita hace que uno pueda pensar con mayor tranquilidad y claridad acerca de sus penas o sus desencantos.

Sus grandes olivos dan una sombra que hace sentir la brisa y el olor a verdor, esto hace que cierres tus ojos y aspires ese aire que te remonta a los grandes y hermosos valles de la costa norte del Perú, el aire te trae el olor de las flores y el aroma de las frutas frescas que llegan a ti, te entregan el recuerdo de una niñez lejana en donde el verdor y los grandes algarrobos te daban esa visión que la tienes siempre presente, pero, que solo aflora cuando la brisa te regala esos  aromas maravillosos. 

El canto de los pájaros llamaba siempre su atención porque le gustaba distinguir por el sonido que tipo de pajarito era, pero ahora, ya no lo podía hacer como quizá alguna vez lo hizo en esos hermosos bosques norteños de algarrobos, pensaba así don Daniel, que miraba absorto aquel hermoso parque como si siempre hubiera estado en el.

Ese silencio sobrecogedor del olivar lo seguía llevando de la mano por cada rincón de sus recuerdos, pero de repente el gritar de unos niños, lo volvió a la realidad y recordó nuevamente los problemas que venían destruyendo su corazón. Los niños con su inocencia estaban lejos de todos esos sinsabores terrenales, sus sonrisas le recordaban la suya cuando era pequeño y los gritos de alegría le recordaba a sus hermanos que igual gritaban cuando saltaban corriendo tras una pelota, y evadiendo otras para que no lo golpearan.

Le parecía una cosa casi increíble, el asociar el juego infantil, sus recuerdos de niño, con lo que ahora le estaba pasando,los niños, decía, solo disfrutan su momento, ese momento que tienen para descubrir en ellos mismos que pueden hacer muchas cosas más o atrevimientos que les son prohibidos por sus padres, pero ellos siempre se arriesgan a realizar las más temerosas correrías aún  sabiendo que se lo han prohibido. Ellos hacen esto porque se sienten seguros porque ante cualquier inconveniente, caída, resbalón, hay alguien que siempre esta a su lado y que no va a permitir que se hagan daño. 

Esa seguridad que le dan los padres es lo que a ellos les da la iniciativa de hacer todo sin pensar en el peligro, por que para ellos no existe ni lo conocen hasta que empiezan a experimentarlo con el tiempo. Pensaba así, don Daniel y decía, como no volver a ser niño para estar fuera de todo problema y olvidarme que la vida es dura y que no perdona errores, pero, por que olvidarse de ellos si cuando reaccionas están allí nuevamente torturándote y sin solución posible a la vista, seguía pensando, ahora, ya con pena, don Daniel.


Los autos seguían pasando por la avenida llevando cada uno su pesada carga, de alegrías o de problemas, y pasaban tan raudamente que daba la impresión que todos corrían para encontrar al final de su camino una solución, eso era lo que pensaba María Rosa, cuando al otro extremo de la ciudad esperaba tomar su micro bus que la llevara a su casa. Ella llevaba ya mucho tiempo esperando, pero pasaba uno y otro micro bus y no subía pensando en como darle solución al problema que tanto la agobiaba, desesperada optó por seguir caminando hacia otro paradero para ver si en ese trayecto y pensando lograría encontrar una salida para su problema. Había conversado por teléfono con Carla su mejor amiga a quien le comentó lo que le estaba sucediendo, ella le había dicho que no se atormentara tanto y que fuera a su casa para que pudieran conversas y así poder encontrar una solución  para que la aliviara y reconfortara.

A María Rosa no la convencía el hecho de que su amiga pudiera ayudarla, pues, ella también tenía sus propios problemas,pero sin embargo dudaba, por que sentía que quería hablar con alguien por mucho más largo rato que una simple llamada telefónica. Es por eso que ella no se atrevía a tomar una decisión en ese sentido y prefería caminar para ir ordenando sus ideas y como llegar a una solución que la tranquilizara y que no la angustiara en lo sucesivo.


Recordaba que siempre había sido una persona luchadora, con mucha iniciativa, siempre tomando al toro por las astas, pero, en este caso ella dudaba por que no se sentía segura de todas las soluciones que hasta ese momento había pensado, y se repetía una y otra vez, pero porqué a mi, pero porqué a mi y se sentía desfallecer, pues le parecía que empezaba a ver el final del camino y no podía salir de su problema.

Por fin se animó a tomar el micro bus que la llevaría a su casa, lo hizo parar y subió. Observó detenidamente a cada uno de los pasajeros que estaban frente a ella y los que estaban parados, y pensó, tendrán también los mismos problemas que el mio, y se respondió diciendo, de repente  no son tan graves como el mío, pero deben tener sus propios problemas por la forma seria y adusta en que se transforman los rostros cuando uno va pensando y los gestos de alguna manera afloran y se notan, entonces te das cuenta que cada quién  va encontrando sus propias soluciones mentales antes de llegar a su destino. Un poco más calmada María Rosa se distraía mirando por la ventanilla y se daba cuenta que el mundo seguía su ritmo vertiginoso y que en el se llevaba los problemas de todos e iba colocando las soluciones como en un rompecabezas, pensaba así y se decía, ojala que mi problema también vaya allí para que encuentre su solución.


Los días habían pasado, y el doctor le preguntaba a la enfermera si los pacientes quienes tenían que asistir para que den su autorización para sus respectivas operaciones ya lo habían hecho,para lo cual  Cintia la enfermera de la Clínica San Pedro, le respondió que sí, que las familias y ellos ya habían dado su consentimiento, a lo que el doctor Rentería un cirujano especialista, dijo que estaba muy bien, que era la mejor decisión para ambos casos, y que si todo salía bien, porque las operaciones eran complicadas, esto les daría a cada paciente la oportunidad de seguir viviendo y haciendo una vida normal.

Cuando pensaba en los casos de cada paciente Cintia, no podía dejar de pensar que su lado humano en esta profesión también le recordaba que ella, o su familia, podían pasar por lo mismo y recordaba las veces en que había-atendido y conversado con don Daniel sobre su caso y la forma como el encaraba este problema, porque, en realidad si era un problema y además cuando se es padre y se tiene una enfermedad que depende de una operación para definir si vives o no, es lo más doloroso del mundo, se decía Cintia, y no cesaba de recordar cuando don Daniel le conversaba acerca de sus hijos y de su esposa y de lo sola que podía quedarse si Dios se lo quería llevar tan rápido.


Era una decisión difícil,  vivir con su enfermedad dos o tres años y darle a su familia lo mejor de el, o arriesgarse a una operación en donde las probabilidades de éxito eran remotas, pero al fin, era un riesgo,por que de salir bien, viviría hasta que la vejez le dijera hasta aquí nomas.

Este era el problema que venía destruyéndolo, pero había algo en lo que no se había aferrado, y era su fe, la fe que todo lo puede, la que te da fortaleza y coraje para enfrentar cualquier problema. Don Daniel se aferro entonces a esa fe y decidió tomar el camino del riesgo y prepararse y preparar a su familia para este doloroso momento, fue lo que le dijo don Daniel a Cintia cuando fue a su cita, y tenía razón dijo ella.
Sabía que la operación de un tumor cerebral era muy complicada, pero, tambien sabía por la confianza que tenía en los médicos, que había algo más que les daba esa confianza, y a el, la seguridad de volver a abrir los ojos para ver jugar algun día a sus nietos, sentarlos en su regazo y poder ver que la vida no es tan difícil de llevarla si tienes fe en tu corazón.


Imbuida en sus pensamientos María Rosa, volvió a recordar el problema que la atormentaba y la decisión que debería tomar y comunicar a la Clínica para que puedan darle la fecha de su operación por insuficiencia cardíaca, pensó mucho en su esposo y en sus hijos,y lloro, lloro para sus adentros como nunca antes lo había hecho, hasta que las lágrimas empezaron a brotarle ya que sabía que la operación era de alto riesgo. Se secó las lágrimas aspiró con fuerza y fue como si hubiera ingresado a sus pulmones y a su cuerpo una esperanza que empezaba a decirle que volvería a ver a su familia, y esto le daba mucha más fuerza y hacía que el temor que la invadía retrocediera para dar paso a esa esperanza que empezaba a darle la confianza que necesitaba para no angustiar mas a los que más quería en su vida. 

Fue entonces que decidió que debería operarse y comunicar su decisión, puesto que su esposo no quería que la operaran por el alto riego que esta tenia, y por que no quería que María Rosa los abandonara así de esta manera,existía un gran temor en el, el de perder a quién era la compañera de sus días durante los dieciocho años que llevaban de casados.


La clínica programó la operación de don Daniel y la de María Rosa para el mismo día, información que les fue dada por los especialistas para que pudieran preparar las salas de operaciones, comunicar a los pacientes y sus familiares para darles la fecha y hora de las intervenciones.

Este fue un caso muy curioso el que ocurrió, pues las dos operaciones fueron programadas para el mismo día y a la misma hora, y en salas contiguas del tercer piso dela clínica. Esto casi no ocurría nunca y hasta existía una especie de acuerdo de que no se deberían programar dos operaciones a la misma hora, pero sin embargo,pasó ¿cómo? por ahora no lo sabemos, pero si, la coincidencia dio mucho que hablar en la clínica que nadie se atrevió a decir que esto estaba mal, solo deseaban que estas salieran bien, dado que los médicos,las enfermeras y el personal no médico, se identificaban mucho con el dolor y la angustia de las dos familias que estuvieron con ellos acompañándolos durante muchos meses en sus respectivos tratamientos.

Recostado en su cama y viendo un viejo álbum de fotografías, empezó haciendo un largo recorrido por lo que había sido su vida desde que era joven con una gran fortaleza física y siempre con un entusiasmo que se reflejaba en cada foto que se había tomado en todas las etapas de su vida, eran tantos los años que pasaron desde que fue joven, que recordaba y empezaba a ver gráficamente lo que la vida le estaba dando. El entusiasmo en el y la perseverancia que tenía, era herencia de su madre, quien era una mujer sumamente alegre, jovial, entusiasmada con cada actividad que realizaba, pues nada la detenía, sino, hasta lograr el propósito que perseguía. Fue de ella de quien don Daniel heredó esa forma peculiar de enfrentar la vida con pasión, con perseverancia y paciencia, y sonrió por que recordó en sus actitudes la fortaleza de su mamá, y allí fue donde el encontró esa fuerza que ahora necesitaba para enfrentar ese nuevo reto que la vida le ponía por delante y que el la veía como una prueba más en el duro transitar de la vida. En cada foto que veía el encontraba no solo un recuerdo sino una enseñanza que le fue dejando cada una de las experiencias que vivía así como tambien la comunicación permanente que mantenía siempre con su madre. Ensimismado en estos recuerdos don Daniel no había escuchado que su esposa le llamó y lo encontró absorto en sus pensamientos diciéndose para si mismo, que su vida hasta ese momento había sido muy buena, pues tenia todo lo que el había anhelado y soñado junto con María Esther, la compañera de su vida. Pero, al mismo tiempo se decía que no era justo abandonarla en un momento como ese, en que ya los hijos empezaban por dejar la casa para formar sus propias familias, era eso lo que prácticamente lo animó a tomar la decisión de operarse, seguir viviendo y hacerse mucho mas viejo al lado de su querida María Esther.


Su esposa le comunicó la decisión de la clínica en la programación de la operación, y con lágrimas en sus hermosos ojos se abrazó a el, y en segundos pasaron por la mente de ambos los veintiocho años que llevaban juntos y felices. El silencio lo dijo todo, el abrazo amoroso les daba el ritmo que sus corazones le ponían a la angustia que cada uno sentía por lo que iba a pasar ya en una fecha definida. No se dijeron nada, solo se recostaron en la cama y veían las fotos de la historia de sus vidas, y sus pensamientos se fusionaron por unos instantes que se hicieron eternos, para irse diluyendo con ese tiempo vivido que los hicieron muy felices, fue entonces que sus ojos se fueron cerrando ya por el cansancio y lo pasado de la noche, pero, todavía con sus lágrimas rodándole por sus mejillas.


Consciente de lo que estaba pasando, ella se vio rodeada de su familia quienes la acompañaban y la seguían hacia la habitación que le habían reservado en la clínica y prepararla para la difícil operación. María Rosa sentía que las lágrimas querían brotarle, pero se contenía con todas sus fuerza para no angustiar más a su amado esposo y a sus queridos hijos. Sentía que su delicado corazón se le comprimía aún más, quiso mirar a sus hijos por última vez, pensó, pero se dijo por que por última vez, no, no! voy a mirarlos fijamente y no tengo porque pensar de esa manera, porque se que en mi tengo una gran esperanza de un largo viaje, si, pero con toda mi familia para conocer mejor las provincias de mi tierra, así que ha desechar esos malos pensamientos y a darles coraje a los míos para que no se pongan demasiados tristes, pensaba María Rosa y empezó a conversar y a sonreír con ellos, pues quería que esa fuerza que sentía la sintieran tambien los suyos para que tengan el  valor de saber esperar y comprender que una esperanza es una llama de fuego eterno. Pensando esto y con los recuerdos de su esposo y sus hijos se fue durmiendo esperando el momento en que todo esto haya pasado.


Cuando la familia salió del ascensor y se dirigió a una habitación, el ya sabía que estaba en el tercer piso y estaba camino a la sala de operaciones. Al ingresar observó una especie de reflectores que le hicieron recordar las salas de operaciones de las series de televisión que le gustaba ver, y se sintió como un actor más en esta sala dispuesto a entregar su mejor actuación, así pensaba don Daniel, cuando se encontró ya en la camilla principal de la sala de operaciones. Era una habitación grande que parecían dos cuartos juntos, sus paredes eran blancas y brillaban más aún por la buena iluminación que tenían para una sala de esa naturaleza, escuchaba las voces de varias personas, unas que daban ordenes y otras yendo de un lado al otro, pero una voz si era inconfundible y era la del doctor Rentería, la cual lo sobresaltó, y como un haz su cerebro lo transportó a cada uno de los rostros de sus seres queridos, recorrió en un instante muchos de los momentos más felices que habían vivido y se alegraba de ver en ellos una sonrisa siempre en sus rostros, porque sabía que esa voz era el inicio de algo. De pronto sintió que su cuerpo no pesaba y sentía que flotaba, iba sintiendo mareo que le decía que la anestesia que le estaban suministrando estaba haciendo efecto. Los recuerdos de su familia se fueron borrando poco a poco, mientas entraba en un sueño profundo.


Se sintió llegar a la sala que tanto temor le daba que cuando sintió la mascarilla en su rostro solo pedía dormirse pronto para alejar sus pensamientos y olvidarse delo que iba a suceder en unos minutos, pero, María Rosa quería mantener solamente dentro de si la esperanza, esa esperanza de la que se estaba aferrando que era la oportunidad que necesitaba para ver en su familia nuevamente la felicidad, puesto que desde que empezó su sufrimiento su familia también empezó a sufrir con ella y solo esperaba que toda esta pesadilla terminara de una sola vez. Lo último que recordó antes de cerrar sus ojos fue la habitación grande y blanca de la sala de operaciones y de repente todo se hizo nada y no hubo más pensamientos ni recuerdos.


En la clínica las dos salas empezaron el trabajo preparatorio de los pacientes, en una sala el Doctor Rentería y en la otra el Doctor Salas, quien operaría a María Rosa.
Ambos tenían la seguridad que iban a poner en practica todos sus conocimientos en estas operaciones que no eran nuevas para ellos, pero que sin embargo, sabían que cada operación tiene sus propias implicancias y riesgos.
La operación de un tumor al cerebro, avanzaba en la sala uno, la familia de don Daniel esperaba en el recibidor del segundo piso, nerviosos y angustiados, sin percatarse que las otras personas que esperaban en el mismo piso a unos cuantos metros de ellos eran los familiares de María Rosa que también se veían muy preocupados porque la operación al corazón que le hacían era muy peligrosa.

De repente algo sucedió, sobresaltado, con el rostro desencajado, asustado y de no saber que hacia allí, se encontró don Daniel en una gran sala, todas las paredes eran blancas y estaba vacía, no había nada ni nadie, solamente el. Una brillante luz blanca iluminaba aquella habitación en la que el silencio era absoluto, don Daniel se preguntaba que es esto, donde estoy, quiso gritar, llamar a su esposa y a sus hijos, pero se dio cuenta que su voz no emitía sonido, habría la boca, sus labios se movían pero no salía sonido, solo tenía sus pensamientos. Asustado se pregunto que es lo que había pasado, que era esa sala blanca, por qué el silencio, abre muerto, esto es el cielo o una sala de espera, recorría la sala de un extremo al otro, de súbito se dio cuenta que esa sala solo tenía una puerta, y presentía que esa era solo la puerta de entrada, pero seguía caminando y buscando y no encontraba la otra puerta, quiso probar e ir a la única puerta, pero sentía que una fuerza extraña se lo impedía, no podía caminar hasta esa puerta de entrada que era la única que había visto. Don Daniel se desespero quiso gritar pero el sonido del grito no salía, gritaba con todas sus fuerzas abriendo la boca pero seguía sin sentir el sonido, y se daba cuenta que cada vez que gritaba de esa forma se iluminaba más la sala y esto lo asustaba mucho más. Trato de calmarse un poco y se preguntó por que no había una puerta de salida y se respondía diciendo que quizá ya todo había terminado y que allí se quedaría para siempre. Una extraña sensación lo invadía que no sabía como describir, pero, lo que pudo tranquilizarlo por un momento fue la fe que tenía, y recordaba lo que le había dicho a María Esther, que tenga fe, que nunca se deje derrotar si tiene fe, esto lo tranquilizó y decidió esperar.


Entre pensativo y asustado se paseaba don Daniel por la luminosa habitación, se encontraba solo, solo como el único hombre sobre la tierra, sin nadie que lo escuche o que lo vea, solo esa luz blanca que cada vez lo perturbaba más. Distraído en sus pensamientos y sobresaltando cada vez que la luz de la sala cambiaba de intensidad, se asustó mucho más cuando la luz se empezó hacer mucho más intensa y no había a donde huir, adonde ir, y asustado corrió a un rincón de la sala y de repente vio lleno de pavor como una figura de un ser humano empezaba por hacerse visible, no terminaba de salir de su turbación, cuando vio la presencia de una mujer, se asustó, corrió a la altura de la única puerta que había, volteó y horrorizado reparó que la mujer que estaba parada tambien estaba asustada y se notaba hasta pánico dibujado en su rostro. Ninguno de los dos quiso moverse de su ubicación, cruzaron una mirada y nunca se habían visto. En ese momento don Daniel quiso gritar algo pero su sonido no salió, y de súbito escucho que esta persona le respondió ¿como dijo? el se espantó y no creía lo que estaba sucediendo, podía escuchar hablar a esta persona, y fue cuando le preguntó ¿quien es usted y que hace aquí? María Rosa que no sabía lo que estaba pasando dudo en responder y a su vez preguntó, donde estamos ¿que es esto? por favor dígamelo, esta usted muerto, don Daniel le respondió, porque me dice si estoy muerto, de donde viene usted, no se cuanto tiempo llevo aquí, llegué a una clínica para ser operado y ahora me encuentro aquí. Sobresaltada María Rosa, le responde yo también vengo de una clínica y me estaban operando y no se si estoy muerta o no mi esperanza no se puede acabar aquí y así, de esta forma sin saber donde estoy. 

Aturdido todavía por esta experiencia don Daniel le respondió que el no sabía lo que estaba pasando que estaba igual de asustado que ella y solamente sabía que la fe que llevaba consigo era lo único que tenía y confiaba todavía en obtener respuestas que le dijeran donde se encontraba. Ambos se acercaron entonces un poco mas, y se vieron los rostros sin muestras de temor o sobresalto, eran rostros de pasividad de tranquilidad, solo se miraron y cada uno vio además en el rostro del otro, el rostro de la esperanza y de la fe, y se dijeron es esto el cielo o la sala de espera. Fue entonces que con estupor María Rosa gritó, y le dijo, mire, mire ¿que le esta pasando? sus piernas están desapareciendo, Oh¡ Dios Mío! don Daniel miró hacia sus piernas y vio que no las tenia, entró casi en pánico, y se preguntó ¿que me esta pasando? ¿no puede ser? no me puedo ir así, ¿por favor dígame que esta pasando? María Rosa quería llorar pero no podía, solo observaba lo que estaba ocurriendo y asustada se dijo, y si me pasa lo mismo y desaparezco y dijo gritando, No, No! no puede ser, no puedo morir.

En la sala de operaciones después de casi ocho horas de intervención, esta se había puesto difícil y el Doctor Rentería hacía denodados esfuerzos por estabilizar los signos vitales de su paciente.
En la resplandeciente sala blanca don Daniel dio un grito y le dijo a María Rosa, mire! mire sus piernas tambien están desapareciendo y muy rápido, ella se miró ya casi aturdida y dijo, ya todo se quedó aquí..., pero en ese momento don Daniel dijo, mire, mire, se esta abriendo como una puerta, que es? ¿que esta pasando? mire, mire! parece una puerta, parece una puerta,, vaya corra, corra, salga, salga, pero, ella no podía correr, y el, con las piernas que casi habían desaparecido empezó a llegar a aquella puerta por la cual ingresaba una luz blanca muy intensa, y con una desesperación tal, que mientras más se acercaba, la luz se hacía más intensa y sentía que este haz de luz lo jalaba, hasta que súbitamente como si fuera un suspiro salió, y en la sala solo quedó María Rosa con un desasosiego que le partía el corazón, pues se miraba y veía que no solo ya no tenía las piernas sino, no veía su cintura ni su estomago y seguía desapareciendo. La potente luz blanca que se llevó a don Daniel no volvió a aparecer y María Rosa se quedó confundida, turbada, porqué no sabia que es lo que iba a pasar, y sobre todo que no sabía donde se encontraba. 

Eran casi las cuatro de la tarde, el sol bañaba esa parte de la costa del distrito de Miraflores, pegado a su malecón había un parque muy hermoso dedicado al amor, la vista del mar desde allí era impresionante, se veía las playas de Lima en esa parte de la Capital y el panorama era sumamente bello, las parejas que por allí paseaban miraban ese espectáculo y en su pasión de amor se maravillaban con un beso que se daban como respuesta, por que lo que se apreciaba desde allí era solamente pura poesía, y esto lo sabía don Daniel que ya había tenido la experiencia de pasear por esa parte de la ciudad. De la mano de su querida María Esther se paseaba orgulloso de sentirse plenamente enamorado y correspondido por un amor que lleva veintiocho años de existencia y que ese panorama playero le daba a las palabras con que describía todo lo que observaba, la melodiosa armonía de la poesía. Ambos se pusieron a mirar al horizonte y después de un breve silencio, don Daniel le dijo a María Esther, este mar es hermoso y fíjate allá hasta donde esta el horizonte y nuestra vista se pierde, hasta allá llega la fe, que perdida con la inmensidad del mar no tiene comparación alguna con lo que tu sientes allí en tu corazón. Esa es la fe del amor, la fe de creer la fe de sentirse vivo y de vivir para los que quieres y amas con infinita ternura, así como nos hemos amado desde cuando éramos jóvenes, así seguiremos amándonos en esa fe que todo lo puede y que todo lo da, te amo María Esther y amo a los hijos que me has dado con infinita pasión. Don Daniel emocionado por sus propias palabras se agachó un poco y le dio un beso a María Esther y le juró amor hasta que la muerte los separe.

Habían llegado al cementerio y antes de ingresar compraron varios ramos de flores en homenaje a quien le había dado la vida, amor, y las mejores enseñanzas a los hijos que amó. Eran las cuatro de la tarde y a esa hora el sol calienta quema y broncea como en la playa.
Las personas que llegaban caminaban de un lado al otro buscando el lugar exacto de la tumba que venían a visitar, no se ve pena en los rostros, sino alegría, de quien va al encuentro de alguien que no vez en mucho tiempo. Cada rostro que se miraba, denotaba un tipo de alegría diferente, cada quién sonreía de una manera casi misteriosa, era alegría por el reencuentro, felicidad por que se podía hablar nuevamente con el ser querido, allí frente a su tumba. Así era, cada quién tenia su forma muy peculiar de hablar con quien se fue, como aquel violinista que interpretaba una melodía andina, en ese momento se sentía nostalgia al escucharla, pero a la vez era una forma de recordar con cariño a aquella persona que una vez te dio todo su amor, eso era lo que se entendía de ese tipo de expresión artística llena de cariño al llevar música a quien tanto amaste.

Con toda la familia reunida Carlos Andrés, esposo de María Rosa, había preparado con anticipación esta visita al cementerio, estaba acompañado además de sus tres hijos, María Alejandra, la mayor, le seguía Carlos Daniel y la última Rosa María. El se sentía orgulloso de tener una bella familia que habían luchado junto con el durante la enfermedad de su esposa, sabía por todo lo que habían pasado y sufrido, pero hoy estaban allí en el cementerio para agradecer a alguien de la nueva vida que tenían por delante.

Mas emocionada por todo lo que había venido viendo y escuchando camino al cementerio, María Rosa se sintió complacida que toda su familia la acompañara para rendirle un homenaje a su madre y a la abuela de sus hijos por todas las enseñanzas que ella le dio, y por haberle inculcado siempre que la esperanza es la única mano que te queda de apoyo cuando ya todo lo terrenal se agotó. Así pensaba María Rosa, quien sonriendo feliz con su amado Carlos Andrés y con sus hijos se pusieron frente a la tumba de su madre y con solemne devoción mirando su tumba le dijo, mamá, hoy he venido con mis hijos, tus nietos, para decirte que nunca olvide lo que con tanto amor me enseñaste siempre, que nunca me doblegara ante nada, que debía persistir siempre en mi esfuerzo por salir adelante, y que si de alguna manera las cosas fallaran no debería perder nunca la esperanza, por que ella es la mano del ángel que te lleva de regreso a encontrarte con los tuyos y con lo que te has propuesto, para que salgas airosa siempre de todos los problemas, mamá, en estos penosos meses en que me ha tocado vivir angustiada por mi enfermedad, se que has estado a mi lado dándome la fuerza necesaria para vivir y que la mano del ángel de la esperanza fue tambien tu mano la que me ayudo a creer, a tener esperanza, y hoy madre, he ganado algo más, he ganado la fe, la fe de creer en lo que puedes lograr, y eso lo aprendí, si te lo cuento no me lo creerías, por eso hoy te hemos venido a decir gracias por todo lo que nos has dado y por todo lo que hoy llevamos en nuestro corazón, al encontrar siempre una puerta de salida cuando la esperanza y la fe, o la fe y la esperanza van siempre de la mano. 
Arrodillada ante la tumba, llama a Carlos Andrés, su esposo y le dijo, amado mío, deseo que esta nueva vida que tengo, aprendamos  a disfrutarla todos juntos, unidos con mamá en cada celebración, y que en todas las cosas que emprendamos juntos, llevemos la esperanza de la mano que es el amor más duradero que hay entre nosotros.

Agarrados de las manos empezaron a salir del cementerio sin que nadie pronunciara palabra alguna, solo el tibio beso que María Rosa le dio a su esposo, pudo despertar la emoción y la alegría de los hijos, de ver que en sus padres una nueva vida renacía.

                              Hego Arrunátegui Espinoza: 25 DE MAYO DEL 2015







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